(Castellano) Cuidado Con Los Hombres Que Hacen La Guerra Para Demostrar Que Son Hombres
ORIGINAL LANGUAGES, 4 May 2026
Toby Miller y Joan Pedro-Carañana – TRANSCEND Media Service
No sorprende la ‘hipermasculinidad’ desenfrenada que la Casa Blanca ha desencadenado en Irán
29 abr 2026 – Hoy perduran discursos históricos sobre lo que se considera una ciudadanía virtuosa que hacen hincapié en la militarización de la vida cotidiana y profesional. Un legado masculino de violencia al servicio de la nación supervisa y delimita la democracia y la autoridad, ocupando un espacio y gasto privilegiado que supera con creces el que se destina a las mujeres y la juventud.
Gran parte de la teoría política clásica y contemporánea asume e incluso respalda la violencia de género, la masculinidad belicosa y la noción de que la política ‘real’ se genera, discute y resuelve entre hombres. La idea de que la virtud masculina está ligada a la violencia, ya sea en defensa de la fe, la familia o la frontera, está fuertemente arraigada.
Desde los duelos ‘protectores’ hasta las interminables campañas militares supuestamente libradas en nombre de las mujeres, la forma ‘correcta’ de ejercer la violencia se ha vinculado con ideales de nobleza. Desde este punto de vista, la valía masculina se sostiene sobre el derramamiento de sangre y el liderazgo autoritario, proyectándose en el ejército como una encarnación nacional justa del poder, el espíritu, la religiosidad y la victoria.
En su estudio antropológico contemporáneo de la política de género, Raewyn Connell articula la historia de las repúblicas mercantiles del Atlántico Norte que se expandieron al resto del mundo. Su análisis muestra que la sexualidad de los hombres blancos en Europa Occidental y América del Norte es isomorfa con el poder: buscan el dominio y satisfacer su deseo a escala mundial, orquestados para oprimir a las mujeres mediante la masculinidad hegemónica.
Esto abarca un machismo evidente —violación, violencia de género y obstáculos al avance profesional de las mujeres— y formas de dominación más sutiles, como excluir a mujeres de espacios sociales y equipos deportivos, o la fascinación de los medios burgueses por los hombres. Irónicamente, a menudo se invocan los derechos de las mujeres para justificar invasiones que las perjudican. Por ejemplo, Gran Bretaña utilizó las limitaciones tradicionales a la libertad y la educación de las mujeres para legitimar la colonización de la India.
En boca de muchos expertos, desde diplomáticos hasta bombarderos y corresponsales, la guerra se presenta como una actividad implícita y explícitamente masculina. Esto rara vez se cuestiona en la cobertura de los medios de comunicación convencionales ni en el análisis académico.
Comentaristas de ideología reaccionaria, tanto hombres como mujeres, valoran positivamente la hipermasculinidad que empezó a desatarse más allá de sus límites habituales en Estados Unidos tras 2001, destacando específicamente las ideas de caballerosidad, dominación y certeza.
Camille Paglia, Peggy Noonan y Ann Coulter apoyan una heterosexualidad obligatoria. Coulter calificó a un soldado fallecido como “un original estadounidense —virtuoso, puro y masculino como solo un hombre estadounidense puede serlo”— que “murió llevando libertad y democracia a 28 millones de afganos”. Insitió en que “no hay otro país en el mundo—ciertamente no en Europa continental—que pudiera haber producido un hombre así”.
Estas figuras públicas reaccionarias, que siguen dominando columnas y vídeos virales, aprovechan la oportunidad que brinda la guerra para impulsar una agenda interna a favor del poder machista, utilizando las relaciones internacionales para denunciar la homosexualidad y el feminismo.
En 2025, la jefa de protocolo de EEUU, Monica Crowley, afirmó: “estamos en una era de verdadera masculinidad gracias al liderazgo audaz y musculoso del presidente Trump y de nuestro secretario de Guerra Pete Hegseth”. Con diligencia, Hegseth promete “letalidad máxima, no legalidad tibia”.
Pero esas voces tan ruidosas esconden una figura arraigada de dudas, fracasos y debilidades: la figura de la masculinidad tal y como existe en la realidad. No es de extrañar que Maquiavelo insistiera en que los hombres vistieran con uniforme y entrenasen para abandonar cualquier “hábito que consideren afeminado”.
Se trata de una ansiedad habitual e incluso funcional para las potencias imperialistas que se observa a lo largo de la historia y en todo el mundo. Las preocupaciones en torno a la masculinidad y el dominio del territorio sustentan la asignación de recursos gubernamentales, con numerosas instituciones dedicadas a promover impulsos masculinos errantes o a canalizarlos hacia la preparación militar: la cultura física, el darwinismo social, la recreación racional y el romanticismo neoclásico francés, entre ellas.
Matthew Arnold escribió la famosa frase “la batalla de Waterloo se ganó en los campos de juego de Eton”; pero su profunda preocupación por la preparación militar le llevó a advertir que “en esos campos de juego se han gestado tanto desastres como victorias”. Pierre de Coubertin revivió los antiguos Juegos Olímpicos en 1896 como un festival internacional de atletas y diplomáticos masculinos que podía cultivar “la musculatura moral del hombre”, redimiendo así la masculinidad francesa tras la conmoción del conflicto franco-prusiano de un cuarto de siglo antes.
A finales del siglo XIX, Estados Unidos llevaba tres décadas de paz, desde su sangrienta Guerra Civil. A medida que la mayoría de los veteranos de ese conflicto fallecían, se produjo un debate público sobre si los hombres estadounidenses aún estaban capacitados para la masculinidad marcial.
Se sucedieron las guerras en Cuba y Filipinas, con cientos de miles de muertos y heridos, y una enorme expansión del imperialismo estadounidense —parte de una necesidad desesperada y sentida de “construir ciudadanos varones dominantes”.
En 1960, el presidente John F. Kennedy alertó a los lectores de Sports Illustrated sobre una “creciente blandeza, nuestra cada vez mayor falta de forma física”. Esas tendencias constituían “una amenaza para nuestra seguridad” que debía abordarse, siguiendo el ejemplo olímpico de la Antigua Grecia para forjar y mantener “un Estado vigoroso”. Al fin y al cabo, “las luchas contra los agresores a lo largo de nuestra historia se han ganado en los patios del recreo, en las esquinas y en los campos de América”.
La Estrategia Nacional para el Deporte Juvenil de la primera presidencia de Donald J. Trump temía que “la mayoría de los jóvenes no se estén moviendo lo suficiente” y detallaba “sistemas de vigilancia” para monitorizar a la infancia. Su Prueba Presidencial de Aptitud de 2025 para escolares tiene como objetivo mejorar “nuestra economía, la preparación militar, el rendimiento académico y la moral nacional” y “enfatizar la importancia” de la “preparación militar”.
Así pues, la hipermasculinidad que la Casa Blanca está desatando en Irán no puede sorprender a nadie. El hecho de que deba reforzarse con absurdas referencias hollywoodienses a explosiones y estruendos convierte este horror en algo a la vez banal y letal, al fusionarse la propaganda y el cine en los cuerpos masculinos: “El machismo estadounidense […] del cine y la televisión, entremezclado de forma burda con imágenes reales de disparos mortales captadas por infrarrojos, impulsa nuevos ataques militares en Irán”.
Estados Unidos se repite de una manera totalmente predecible, pero no por ello menos desastrosa para la humanidad, los demás animales y el planeta.
Es lo que hacen esos hombres.
No todos los hombres, sino aquellos que necesitan la guerra para asegurarse de que son, de hecho, hombres. Para ellos, Hegseth y su grupo representan “menos un símbolo de masculinidad tóxica que un tónico masculino”.
¿Nos sumamos? No, gracias.
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Dr. Joan Pedro-Carañana es Profesor Permanente Laboral en el Departamento de Periodismo y Nuevos Medios de la Universidad Complutense de Madrid y coeditor junto a Francisco Sierra-Caballero del libro ‘El Modelo de Propaganda y el control de los medios’. Él es Doctor en Comunicación, Cambio Social y Desarrollo (UCM) y investiga el papel de la comunicación, la educación y la cultura en los procesos de cambio social. Es co-editor del libro ‘Communicative Justice in the Pluriverse: An International Dialogue’.
Toby Miller es un distinguido profesor del Instituto Tecnológico de Monterrey, Guadalajara campus.
Tags: Anti-militarism, Demilitarization, Machismo, Male Chauvinism, Masculinity, Nationalism, Sexism
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